Belchite

A cañonazos y a tiros, de un bando y del otro. Así mataron a Belchite durante la Guerra Civil. Un pueblo bello que, en la ceguera del combate, fueron cercenando, mutilando, perforando y derrumbando hasta que sólo quedaron piedras y el cierzo, que parece que aquí sople más frío y silbe más fuerte.

Paseo por sus calles de noche y siento el escalofrío.

Casi todos murieron. Los pocos que sobrevivieron se marcharon y dejaron calles, casas e iglesias derruidas a las que nunca quisieron volver; el pueblo había muerto.

No habría imaginado que un lugar desierto y ruinoso, sin una sola alma era donde mejor se podría entender la vida.

Fotos tomadas con la cámara a pulso, sin trípode, de ahí lo excesivo del ISO.

Fotos tomadas con la cámara a pulso, sin trípode, de ahí lo excesivo del ISO.

Los Chichos del funcionalismo

¿Se acuerdan del libro aquel de hace un par de notas? El que fue mi primer libro de diseño, el hurto… ¿Recuerdan? El caso es que lo escribió Jens Bernsen, que es un divulgador de diseño danés, como su nombre insinúa. También el contenido del libro descarga hacia esa mentalidad, diseño desde un punto de vista muy funcional, motivado por la eficiencia y la economía, sin emociones, poco sensorial o narrativo. Además, para más inri danés, pone como ejemplo de diseño de identidad a Carlsberg. Este chovinismo escandinavo tan correcto y sonriente, ¿eh?

El caso es que apatrullando la internet en busca de más información sobre Mr. Bernsen me topo esta fotografía de 1995, en la que aparece en actitud amistosa con alguien muy querido en esta casa. ¿Lo reconocen?

Los Chichos del funcionalismo modernista. El de enmedio…

Los Chichos del funcionalismo modernista. El de enmedio…

¡Dieter Rams! Qué pequeño es el mundo y qué encaminado iba yo sin saberlo ya en esa adolescencia mía. A su derecha Alexander Manu y a su izquierda Jens Bernsen.

Intuyo que en esa época, Dieter Rams todavía no veraneaba en Blanes poniéndose hasta las orejas de sangría y torrándose con tono salmonete. Ciertamente, los stickers de Tramontana que le hicimos honran una etapa posterior.

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De ruta por Urano

Google Maps nunca defrauda cuando se trata de encontrar rincones exóticos, pintorescos o extraños. Ando preparando una escapada en coche para hacer fotos de ciertos paisajes y lugares y esta vez, la aplicación de mapas tampoco ha defraudado.

Aquí la vista satelital del lugar al que quiero acercarme:

Y aquí la vista de Streetview, a pie de carretera:

Uno pensaría que voy a adentrarme en algún planeta ignoto, iluminado por dos soles viejos y con vida inteligente.

Adolescencia, franciscanos y un libro de diseño

Cuando terminé la enseñanza básica, mis padres, gente de clase media, me mandaron a estudiar a un prestigioso colegio religioso de Palma de Mallorca: el Sant Francesc. Debían de querer que no me desbaratase en los estudios o que se me pegase algo de los hijos de las élites locales, aunque nada de eso ocurrió. El caso es que el plan formativo que me habían diseñado venía con pensión completa en el internado del colegio; a saber, iba a vivir con una treintena de chavales entre los diez y los dieciocho años, en un convento franciscano del s. XIII, el mismo en el que estudiaron los evangelizadores de California (Fray Junípero Serra incluido).

El internado era de lunes a viernes: estudiábamos, comíamos y dormíamos en el mismo sitio: la tercera planta del convento, encima de la de los frailes, que iban con su hábito, su capucha y su cuerda a la cintura, como uno se imagina a los frailes franciscanos en su convento.

Este es el claustro del convento de Sant Francesc. Ahí en la parte del ciprés, tercer piso, andábamos los “pensionistas”.

Este es el claustro del convento de Sant Francesc. Ahí en la parte del ciprés, tercer piso, andábamos los “pensionistas”.

El tema da para contar mil historias, anécdotas casi todas divertidas vistas con distancia, y alguna no tanto, pero nada traumático. Sin embargo hoy no toca eso. Voy a lo que voy: el caso es que yo, un chaval en pleno desarrollo, con los músculos y los huesos a todo crecer, andaba siempre con hambre. Los franciscanos eran partidarios de la frugalidad en lo alimenticio; la de sus alumnos de sus alumnos, no la suya, por decirlo suavemente, y siempre andábamos con hambre. Andábamos caninos.

Los que sacaban notas decentes tenían derecho a salir un par de horas por la tarde a pasear por la ciudad. Yo aún era de esos. Se aprovechaba ese rato para ir a comprar un bocadillo con algo más de chicha que el que nos daban para merendar. El caso es que yo, con mis quinientas pesetas de asignación semanal, no solía tener para grandes fastos. En realidad el segundo día de la semana ya me había gastado todo el dinero en comida y andaba pobre el resto de la semana. Pobre y hambriento. Que sí, que podía pedir a mis padres, pero me daba apuro; suficiente costaba el colegio como para estar pidiendo más dinero. Total, que algunas semanas acababa matando el hambre con pipas de girasol que compraba a granel en una tienda de animales: medio kilo por cincuenta pesetas. Merendaba lo que los loros.

El hambre y la pobreza no lo eran sólo de alimento. Andaba con ganas de aprender cosas pero tampoco tenía dinero para libros. La biblioteca del colegio era impresionante, como de película, con sus incunables y sus estanterías centenarias, pero no tenía muchas cosas modernas. Así que me daba paseos por librerías y hojeaba libros todo el rato que podía hasta que empezaban a mirarme mal y continuaba con mi paseo.

Una primavera, más o menos por estas fechas, se celebraba en la Plaza España la feria del libro. Recuerdo que era una tarde soleada y que fui solo a darme un paseo por allí. Para mi era uno de los acontecimientos más interesantes del año. Miles de libros nuevos, de temas que ni podía imaginar que existiesen. Podía hojear durante horas sin sentirme presionado.

Paseando entre puestos lo vi, moderno, misterioso, anunciando algo seductor y desconocido, invitándome a hojearlo:

“Diseño ¿Para qué?” de Jens Bernsen. O mejor dicho, diseño, ¿por qué no?, pensé yo. ¿Qué encerraban esas páginas? ¿Qué era ese objeto con forma de armadillo espacial? En mi mundo no existían libros como ese. Y yo quería viajar al mundo de ese libro. Me llevé la mano al bolsillo pero sólo había pipas de girasol sin tostar, los restos de la merienda.

Ese libro y yo nos habíamos declarado amor, pero era una historia imposible. No recuerdo lo que costaba pero seguro que superaba la asignación semanal y además no estábamos a principios de semana, con lo que sólo me quedaba resignarme… ¿O no? En cuestión de segundos mi cerebro se puso a buscar caminos no para conseguir el dinero, sino para conseguir poseer aquel libro. Y los encontró. Me hice la pregunta que necesitaba hacerme. Si robar para saciar el hambre es aceptable, ¿Estaba mal robar para saciar el apetito de conocimiento?

Debí de pasar por delante del stand de esa librería unas cinco o seis veces, dudando, enfrentándome al dilema, evaluando opciones, maniobras, vías de escape y consecuencias. ¿Y si me pillaban? ¿Avisarían a Fray Riera, el responsable del internado? ¿Me expulsarían? ¿Habría merecido la pena?

Recuerdo la adrenalina y los pasos acelerados, alejándome sin mirar por si girar la cabeza me delatase. Lo había hecho, había robado un libro. No cualquier libro, el que más deseable, interesante y maravilloso del mundo. Uno que hablaba del futuro, de tecnología y lugares muy diferentes de mi internado franciscano ¡Hablaba de diseño!

Pasaron los años y me olvidé del libro y del diseño. Empecé Ciencias Políticas y Sociología sin pensar más que en las ciencias sociales y no fue hasta tercer que fui derivando hacia el diseño de nuevo. Con el tiempo, el diseño se convirtió en mi profesión, pero nunca me vino a la cabeza ese libro ni mi interés adolescente por el tema; era como si ese libro y el pecado adolescente que lo puso en mis manos no hubiese sucedido nunca.

Años después, en una visita a mi Madre me puse a rebuscar libros de juventud que llevarme a Madrid. Y allí estaba entre uno de cuentos de Ray Bradbury y algo de Asimov. Lo releí, de pie (es breve), de una vez, y me pareció que para ser de 1989 no podía ser más actual. Me dejó pensativo y sonriente, preguntándome si realmente esa fue la semilla que me convirtió en diseñador, dudando de nuevo sobre si hice bien o no robándolo, pero sintiéndome feliz de haber unido esos puntos.

No recuerdo el nombre de la librería dueña de ese stand (dudo que me fijase siquiera aquel día) pero desde luego me haría muy feliz poder saberlo. Iría a pagar mi deuda, a disculparme y a agradecerles que aunque muy probablemente me viesen, decidiesen dejar que ese muchacho se llevase el libro aquel que le tenía embelesado.

Categorías para el blog

He incorporado un menú de categorías en el blog, para que sea más sencillo encontrar y descubrir posts pasados.

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Aunque empecé este blog en el año 2000, la versión actual tiene artículos sólo desde 2014 aproximadamente. No son muchos, pero ahora que he eliminado mi actividad en Medium y reducido a mínimos la de twitter e instagram, intuyo que crecerá bastante. Mi intención es usarlo para cosas breves, fotos, etc. además de los artículos sesudos de rigor. Espero que te sean útiles.

Pensar una taxonomía no es sencillo; se mezclan las muchas facetas que tiene cada post con la necesidad de acotar, con el marco conceptual que vive en mi cabeza y las muchas formas de fijarse en algo: ¿Clasifico desde los temas, desde el tipo de actividad, desde el resultado? Al final esta es la taxonomía que he aplicado:

  • Belleza

  • Funcionalidad

  • Reflexión

  • Técnica

  • Teoría

  • Historia

  • Enseñanza

  • Libros

  • Proyectos

  • Profesión

  • Fotografía

  • Personas

  • Miscelanea

Adiós Medium

Poco a poco los he ido pasando a este blog, reformateándolos, pegando las imágenes, arreglando algunos links... Me han quedado algunos en borradores a falta de corregir algunas cosas, pero el trabajo gordo ya estaba hecho; todos los artículos transferidos.

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Hace unos meses fue Linkedin, ahora Medium. No sólo quiero ser dueño de mi contenido, también de mi posicionamiento: que cuando alguien quiera saber de mí llegue a mi blog, no a la página que una startup ha decidido conforme a lo que considera que le genera mejores métricas, tracción o recurrencia.

Con twitter hice ayer parecido, aunque no borré la cuenta del todo. Asumo que la mayoría de gente ya no usa lectores de feeds (rss) y por tanto no tienen modo de saber cuándo escribo algo nuevo; así que he decidido parasitar twitter y usarlo no para hablar, no para responder, no para likear, sino para comunicar las actualizaciones de mi blog. 

Poco a poco vamos reconquistando lo que nunca debimos ceder.

 

El mejor barman del mundo

NOTA: Este post se publicó originalmente en la lista de hombresdebien.com, el 23 de mayo de 2016.

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He llevado a pocas mujeres a Del Diego y no me arrepiento. Hay lugares que uno se reserva sólo para quien importa, o quién parece que lo merece.

En realidad siempre he disfrutado contando la historia: Ava Gardner, Dominguín, Hollywood en Madrid… Chicote. Y el ‘chaval’: que si Fernando, baja a por una caja de sifones, que si trae una botella de ginebra… El niño, con quince años, aprendiz entonces, maestro ahora. Joder si me gustaba contarlo… Pero sólo a quien fuera a entender la trascendencia, la relevancia. Sólo a quien admiré y en quien vi belleza o nobleza. O ambas.

Tenía veinticinco años –un paleto recién llegado a Madrid– cuando me llevaron por primera vez. Fue mi senior, Andrés, premiando una buena primera semana de trabajo: “te voy a llevar a beber un buen cóctel, que te lo has ganado”. Un jueves. Pero... ¿Se podía beber en jueves? Yo con mis pintas de chaval que quiere ser aceptado en Madrid, sin entender que Madrid te quiere seas como seas.

Y pasaron muchos meses y muchos Gimlets tras esa primera vez. Muchos proyectos, aumentos de sueldo, éxitos profesionales, algunas caídas y unas cuantas mujeres. La paternidad, la primera empresa propia, el primer desamor… Nunca fui por rutina. Por respeto a la tradición que inauguró mi senior, siempre crucé esa puerta para celebrar algo: grandes éxitos. O grandes hostias. Al final va de eso, de sentir. Placer o dolor, estar vivo. Los Gimlets de del Diego han sido por dieciséis años el acompañamiento de mi sentimiento. Y que lo sigan siendo.

Me he plantado en la calle de la Reina limpio o sucio, elegante o desgarbado, triunfante o derrotado. Siempre me hizo sentir el mejor cliente, pero en realidad era él, el mejor barman. El mejor del mundo. La conversación justa y la copa perfecta. Mi zona de confort por dieciséis años seguidos. Para qué salir, ¿verdad?. En mis cuarenta tacos he dudado acerca de qué hacer, a quién querer o hacia dónde andar, pero nunca a qué bar ir si la noche era especial. Por inicio o por final, por victoria o por derrota.

Con el tiempo aprendí a continuar la tradición: llevar a tomar un Gimlet a mis juniors, a mis compañeros, a quien demostrase amor por las cosas bien hechas. Y a algunas mujeres -muy pocas, ya lo he dicho- a las que amase o de las que quisiese enamorarme. Mujeres que oliesen a dulce y salado a la vez, con un abismo tras la sonrisa.

Allí siempre brindé por lo mismo: belleza o prosperidad. Trato de hacer memoria y no, nunca hubo otros motivos. Ni los habrá. Mi amigo Terrés dirá que claro, que todos los brindis son el mismo. No le faltará razón. Y seguiremos levantando la copa, el Martini, el Gimlet o lo que sea que bebamos, siempre perfecto. En Calle de la Reina 12 de Madrid. Por supuesto.

Don Fernando nos dejó hace unos meses. Me enteré de camino al aeropuerto, horas antes de volar a Nueva York, y lloré a ocho mil metros de altura. Por el cariño y el aprecio que siento por sus hijos, David y Fernando, dignos herederos; por el resto del equipo y por esa maldita luz que siempre quise más tenue, pero que aprendí a querer. Por todas esas noches, las buenas y las malas, los principios y los finales, los brindis por la belleza y la prosperidad, las cumbres y los agujeros, el sabor salado de los besos y las mujeres con abismos. Por todo eso y porque, joder, se nos fue un hombre de bien.

Dieter Rams vs. WabiSabi

Por serendipia llego a un tweet de mi amigo Juanjo Seixas de 2011 en el que me refiere a éste álbum: Music for Dieter Rams, un conjunto de canciones creadas por Jon Brooks exclusivamente a partir de los sonidos del despertador AB-30, diseñado por el maestro alemán

"Every sound on this record, from the melodic sounds to the percussion, the atmospheric effects to the bass lines originates from the Braun AB-30 alarm clock."
 


Escucho tranquilo y me quedo mirando a mi AB-5, de la misma familia:

La idea de componer inspirándote en un objeto y todo lo que simboliza es bonita. Es un camino desde lo funcional a lo emocional muy interesante. Últimamente ando viviendo muchos de esos, tratando de ponerlos en orden en mi cabeza, de entenderlos.

Suenan las notas, algo frías, germánicas, correctas en su ritmo y su alegoría de perfección... Y me viene a la cabeza (cómo no) Kraftwerk. Uno de los favoritos de mi hijo y que suena mucho en casa estos meses. Ellos también cantaron al progreso moderno. Y también se inspiraron en algún objeto, clásico del diseño, para componer sus cancioines. En concreto en la serie de radios Voksempfänger diseñadas por W. M. Kersting  (otro día os cuento más de ella):


Tanto Kraftwerk como Jon Brooks proponen una música que es diseño alemán puro. Es una manera de forma-función aséptica. El rol del músico es neutro, igual que el rol del diseñador moderno: ambos dejan que sea la función y el contenido el que se exprese. En este caso es la precisión del chip, los impulsos digitales amplificando su actividad. Una música muy especial pues evoca sin emocionar.

A la vez, en la mesa está, recién leído, "Wabi-Sabi, Further Thoughts". Un libro que habla de la belleza de lo imperfecto, de lo vivo que está en permanente evolución porque nace o muere, de lo gastado, vivido, oxidado, descompuesto.


Y me pregunto si existe un término medio entre ambas bellezas, o si merece la pena encontrarlo. Al fin y al cabo los términos medios siempre me parecieron el lugar más aburrido del mundo.

Quizás no haya que buscar una media aritmétrica, una equidistancia; quizás sea una síntesis, a la manera las tríadas dialécticas. Una forma de diseñar para los sentidos, una manera de, proyectualmente, crear objetos, lugares, momentos, sabores... Que son bellos y útiles al mismo tiempo, que cumplen su función y emocionan, pero no porque sean capaces de hacer las dos, sino porque las dos son una. Puede que lleve años, siglos, delante nuestro y aún no nos hayamos dado cuenta.

Señales misteriosas

Los números de Lost, o quizás una señal del espacio exterior. ¿Encuentros en la Tercera Fase? Qué demonios sería esa señal de radio.

Me fascina la Onda Corta de radio y muchas noches, antes de acostarme, me hago un tazón de café -descafeinado- caliente y le doy un repaso al dial de alguna de las radios. A menudo capto cosas curiosas, difíciles de catalogar o de entender para un casi-profano como yo.

Esta es la señal que capté el otro día:

Intrigado, la grabé y la subí a youtube con la esperanza vaga de que alguien pudiera algún día reconocer lo que era, darme luz. Y me la dieron. En menos de 24 horas alguien me había dicho de qué se trataba y poco después me había informado un poquito.

Esa señal, repetitiva y melódica, era… Bueno, digamos que tendría que haber esperado unos segundos más antes de dar por hecho que siempre era la misma melodía. En concreto, tendría que haber esperado 46,8 segundos, que es el tiempo que tarda cada transmisión. ¿Y qué era esa transmisión? Pues no más de 13 caracteres. Un instante después pasaría al siguiente y así hasta transmitir los 64 caracteres posibles para una comunicación así.

Lo que estaba recibiendo era una señal de comunicación digital, codificada como JT65, un sistema ideado por Joe Taylor y lanzado en 2003 para transmitir mensajes digitalizados y breves de forma fiable a través de ondas con poca potencia. 

Las primeras dos letras de JT65 hacen referencia a las iniciales de su autor y las dos segundas a los 64 caracteres + el de control que se pueden emplear. Aquí un tutorial del autor, más que interesante.

El sistema JT65 es lento pero fiable: se pierde poca información precisamente porque cada trozo de información se repite muchas veces. De esa manera se puede usar la radio para mandar imágenes o cualquier otra cosa que queramos digitalizar, con la seguridad de que llegará casi sin emplear ni potencia (unos cuantos vatios bastan) ni depender de infraestructuras.

No tengo ni idea de qué habría dentro de esa transmisión, pero sí tengo algo claro: la radio es maravillosa por ser tan nocturna, tan libre y tan misteriosa.