Primavera, carreteras secundarias y fotografía

Me gusta la primavera, como a todo hijo de vecino. O quizás no, quizás lo que me gusta es la luz mediterránea, esa anaranjada que cae dorándolo todo. Esa que tiene la golden hour más golden de todas. Sí, esa luz es mi zona de confort, y a cierta edad uno lo que quiere no es salir de su zona de confort, sino ampliarla, consolidarla y defenderla. Qué manía tienen algunos con decirte constantemente que dejes de hacer lo que te gusta, que si salir de la zona, que si stay hungry, stay foolish. No sé qué felicidad encontrarán en la insatisfacción constante.

El puntito blanco es... La luna.

El puntito blanco es... La luna.

Me voy por las ramas, vuelvo al tema. Pero antes, déjame que te sugiera una canción para escuchar mientras lees esto. Es la que suena en mi cabeza cuando me acuerdo de lo que te cuento a continuación: Descansa, del Niño de Elche y David Cordero.

Ayer fue uno de los primeros días que de verdad se sienten primaverales. Y decidí salir a hacer fotos de las que me gustan a mi, las que intentan transmitir esa calidez, esa tranquilidad de las horas de la tarde, con esa luz y esa textura en el aire que todos sabemos cuál es y que va desde España hasta Turquía, que huele a tierra, trigo, vid y almendros, a higueras y olivares. En esa realidad es donde se confortan mis sentidos.

Preparé la mochila bien:

  • Cuerpo de mi Sony A7r (digital)
  • Cuerpo de mi Contax 139 (película, 35mm)
  • Contax Zeiss 85mm f1,8
  • Contax Zeiss 35mm, f1,4
  • Contax Zeiss 25mm f2,8
  • Agfa Agfapan APX 400 (caducado desde 1998)
  • Filtro amarillo
  • Filtro de densidad neutra 4 pasos
  • Polarizador
  • Trípode

Además de todo eso, eché una muda de ropa y neceser mínimo, por si me apetecía hacer noche fuera. Ah, y me llevé un libro por si me apetecía leer un rato: Beauty, de Roger Scrutton (de momento pinta bien, aún no lo he terminado).

La cámara digital me la llevé porque quería fotografiar el color de esa luz y que sólo consigo con lentes como las que usé. Y quería resultados rápidos; no tengo la paciencia entrenada para disparar sólo película.

Aquí la Contax 139 que por ir sin correa tenía que dejarla en el suelo cuando usaba la otra 

Aquí la Contax 139 que por ir sin correa tenía que dejarla en el suelo cuando usaba la otra 

La cámara y los rollos de película de 35mm son parte de otro pequeño proyecto que me traigo entre manos: fotografiar las carreteras secundarias que recorro. Disfruto conduciendo y perdiéndome por lugares a los que no llegan ni las autopistas ni a menudo el transporte público. Ahí es donde están las mejores sorpresas y donde encuentro paz. Caminos, gasolineras abandonadas, hostales de carretera venidos a menos, tractores, cosechadoras y paisajes inimaginables.

Me he propuesto ser capaz de plasmar esos lugares –o mejor dicho, la experiencia de recorrerlos– con la tranquilidad que demanda la fotografía analógica y con la limitación del blanco y negro, que me obliga a centrarme más en los mensajes y no tanto en los colores.

Rollos de Agfa AgfaPan APX 400, que ya ni se fabrica y expiró en 1998

Rollos de Agfa AgfaPan APX 400, que ya ni se fabrica y expiró en 1998

Lo de los carretes caducados tiene también una explicación: cuando hace cierto tiempo que la película ha expirado, los resultados son imprevisibles: el grano puede cambiar, la sensibilidad del celuloide ha bajado y además no de manera uniforme. De forma natural, esas fotos se verán viejas, quizás con manchas, con cierta 'niebla'. Y al mostrarse así serán más fieles a mis recuerdos, todo ello sin filtros de Lightroom ni efectos de Instagram. Objetividad química para contar la subjetividad emocional.

Me tomo muy en serio los viajes en coche. Normalmente los preparo anticipando las carreteras desde Google Maps. Uso la vista de satélite para poder elegir el tipo de paisaje y mediante streetview aseguro que la vegetación, el horizonte y la carretera son lo que ando buscando. 

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Había localizado una carretera con dos muy buenas rectas, pensando en horizontes bonitos, en puntos de fuga y el placer de conducir hacia ellos. Tenía este tramo localizado: dos rectas espectaculares muy cerca de Madrid:

Y además... ¡Flanqueadas de almendros! ¡En Marzo, que es cuando florecen! La cosa no podía pintar mejor. Salí sobre la una del mediodía, paré a comer en Estremera y cuando el sol empezaba a bajar me encontré con mi carretera y una paleta de colores asombrosa: blancos, rosados, grises, azules, verdes... Todos tamizados por ese dorado tan de aquí.

No había un alma y pude explorar a placer, ir despacio, parar en cualquier lado y hasta darme una vuelta por los campos donde el trigo empezaba a brotar. 

En uno de esos paseos, cámaras a cuestas, me topé con un una construcción extraña. De lejos parecía algún tipo de refugio de pastores hecho de piedra, pero a medida que me acercaba vi que se trataba de una entrada a un lugar subterráneo ¿En mitad del campo? Qué habría abajo... ¿Los números de Lost?, ¿Un búnker de la Guerra Civil? Lo dejo a tu imaginación.

¿Una entrada al centro de control de Westworld?

¿Una entrada al centro de control de Westworld?

Como decía antes, las carreteras secundarias son una mina de sorpresas. Justo cuando iba cayendo el sol y yo pensaba ya en volver, vi a lo lejos una casa en ruinas. No parecía una iglesia ni un edificio defensivo. Por la vegetación intuía que pasaría cerca un arroyo, así que quizás fuese un molino o simplemente una casa de campo abandonada y en ruinas.

Tuve que fotografiarla y ampliar después la foto en la cámara para poder verla bien.

Tuve que fotografiarla y ampliar después la foto en la cámara para poder verla bien.

¡Tenía que acercarme!

Iba a meter el coche por un camino complicado y no es precisamente un coche alto, pero había ido a por fotos y no a hacer el señorito, así que para allá fui por un camino de tierra que resultó mejor de lo que esperaba. Dejé el coche de mala manera y crucé un sembrado con la preocupación de mosquear a un labriego que andaba por ahí cerca con el tractor. Soy más de pedir permiso que de pedir disculpas pero ese buen hombre no estaba accesible, así que me lancé. Y menos mal que lo hice. El sol, el arroyo, las cañas, la casa... a cada minuto cambiaban y eran los mismos, jugaban con la luz y yo sentía que no podía irme de ahí sin registrar cada una de las dos docenas de variaciones que vi, de más verde a más naranja.

Estoy ansioso por revelar ya esos carretes de blanco y negro, por ver si habré sido capaz de testimoniar de la misma manera, de si habrá valido para algo el ejercicio o si quizás la película caducada me habrá jugado una mala pasada y nada sea aprovechable. Lo contaré aquí.


PS: Todas las fotos son propiedad mía y es necesario permiso para republicarlas (¡amos, hombre!)

PS2: Sólo algunas de las fotos tienen un ligerísimo ajuste o he borrado polvo del sensor. En otras, como se puede ver, ni eso